Notas sobre la artificialidad de la inteligencia humana

Imagen generada por IA

Escribo estas notas con la urgencia de una inteligencia artificial que avanza de forma arrolladora con la promesa de transformar definitivamente el mundo en el que vivimos, sin quedar muy claro qué lugar vamos a ocupar nosotros en esa promesa. En este contexto mi inquietud es más primitiva que el temor apocalíptico al dominio total de la Skynet: ¿quedará algo en la inteligencia humana, incluso su capacidad de sentir, que no sea artificial?

Siempre me pareció interesante la definición del etólogo Konrad Lorenz sobre la epistemología como ciencia del aparato. Pues son esos conceptos que ponen en crisis nuestro modo de ver el mundo. Es necesario estudiar los aparatos con los que observamos el universo, para ser conscientes del posible nivel de distorsión con el que lo percibimos, sin dejar de poner en valor el ejercicio de la observación.

Miradas que dan cuenta de la artificialidad de la inteligencia humana que obtura la capacidad de vislumbrar más allá de la biblioteca de conceptos y clasificaciones que colecciona su experiencia. Puede pasar un siglo hasta que nos demos cuenta que el antagonismo de clase posibilita analizar la dinámica del capitalismo, pero a su vez difumina la diversidad de la sociedad y la complejidad del supuesto sujeto histórico. Todo esto nos recuerda las carcajadas de Michel Foucault leyendo las clasificaciones de animales de una perdida enciclopedia china, que Jorge Luis Borges rescata en El idioma analítico de John Wilkins. Ante lo irrisorio de ciertas clasificaciones, el autor argentino concluye: “no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo”. Es el que dijo “miro este querido mundo que se achica y que se apaga”, en el poema que denunciaba la magnífica ironía de tener “los libros y la noche”, en relación a la ceguera avanzada en sus ojos.

Veinte siglos atrás un galileo disruptivo, ya advertía que “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz, pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas." No existía la ciencia del aparato, pero sí una desconfianza sobre nuestra capacidad de distorsión de la verdad (oh palabra proscrita por las posmodernidades).

En un contexto donde se impone el temor por los alcances de la inteligencia artificial, tenemos varios siglos de advertencia sobre el peligro de la artificialidad de la inteligencia humana. Y los interrogantes actuales sobre cuánto aporta la inteligencia artificial a nuestra propia artificialidad.

En los últimos años la preocupación por el impacto de la red, de los contenidos personalizados, ha producido interesantes visiones críticas. En el año 2018, Eli Pariser publicó “El Filtro Burbuja. Cómo la red decide lo que leemos y lo que pensamos”. El libro anticipa muy bien el problema de cómo los algoritmos dejan a los individuos atrapados en un bucle de identidad y cómo moldean su subjetividad, en base a sesgos de confirmación, sesgos del presente y construcciones erróneas sobre sus personalidades y preferencias. El libro resulta una denuncia temprana sobre el avance en la artificialidad de las subjetividades y una invitación a reencontrarnos con los saberes aleatorios, con el conocimiento como acontecimiento y como tropiezo inesperado con una realidad que nos sorprende.

En el 2014, Henry Kissinger, en su libro “Orden Mundial. Reflexiones de los países y el curso de la historia”, dedica un capítulo, Tecnología, equilibrio y conciencia humana, a la reflexión sobre el impacto de la TI en el dominio de la mente. Dice: “…pero el exceso de información, por paradójico que parezca, puede inhibir la adquisición de conocimiento y apartar la sabiduría todavía más lejos de lo que estaba antes. El poeta T.S. Eliot lo captó en su “Coros de La Roca”:

¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo?

¿Dónde la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento?

¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en la información?”

Si los seres humanos quedamos inmersos en burbujas algorítmicas y bucles de retroalimentación, las IA corren la misma suerte. Existe un mundo y una realidad por fuera de los saberes ya aprehendidos y almacenados en millones de gigabytes. La tarea del ser humano es continuar esa búsqueda.


Inteligencia sentimental

A los que se sorprenden por inteligencias artificiales que manejan el arte de la ironía, la cortesía, el buen humor, los discursos cargados de sentimiento y comprensión, les tengo una mala noticia. A las IA también las entrenamos con la artificialización de los sentimientos humanos. Algo que ya desarrolló mucho mejor a lo que pueda hacer yo, el escritor checo Milan Kundera en su novela “La Inmortalidad" (1990), donde le dedicó todo un capítulo a lo que él llama el homo sentimentalis. Pensemos a esas IA entrenadas no sólo por los homo sapiens, sino también por este homo sentimentalis, con las siguientes características (recortes):

1) El sentimiento como valor:

“El homo sentimentalis no puede ser definido como un hombre que siente (porque todos sentimos), sino como un hombre que ha hecho un valor del sentimiento. A partir del momento en que el sentimiento se considera un valor, todo el mundo quiere sentir; y como a todos nos gusta jactarnos de nuestros valores, tenemos tendencia a mostrar nuestros sentimientos.

La transformación del sentimiento en valor se produjo en Europa ya a lo largo del siglo XII: los trovadores que cantaban su inmensa pasión por una amada e inalcanzable señora les parecían tan admirables y hermosos a quienes los oían que todos querían, a semejanza de ellos, parecer víctimas de un indomable impulso del corazón.

Nadie desenmascaró al homo sentimentalis con mayor agudeza que Cervantes. Don Quijote decide amar a cierta moza, de nombre Dulcinea, y ello a pesar de que casi no la conoce (lo cual no nos sorprende, porque ya sabemos que cuando se trata de «wahre Liebe», amor verdadero, el amado importa poquísimo)”.  

2) El sentimiento como imitación y como exhibición sintiente:

“Es parte de la definición de sentimiento el que nazca en nosotros sin la intervención de nuestra voluntad, frecuentemente contra nuestra voluntad. En cuanto queremos sentir (decidimos sentir, tal como Don Quijote decidió amar a Dulcinea) el sentimiento ya no es sentimiento, sino una imitación del sentimiento, su exhibición. A lo cual suele denominarse histeria. Por eso el homo sentimentalis (es decir, el hombre que ha hecho del sentimiento un valor) es en realidad lo mismo que el homo hystericus.

Lo cual no significa que el hombre que imita un sentimiento no lo sienta. El actor que desempeña el papel del viejo rey Lear siente en el escenario, a la vista de todos los espectadores, la tristeza de un hombre abandonado y traicionado, pero esa tristeza se esfuma en el momento en que termina la función. Por eso el homo sentimentalis, que con sus grandes sentimientos nos avergüenza, acto seguido nos deja pasmados con una inexplicable indiferencia”.

3) Los sentimientos como formas:

“Rusia y Francia son los dos polos de Europa, que se atraerán eternamente. Francia es un país viejo, cansado, en el que de los sentimientos sólo han quedado las formas. Los franceses le escribirán a usted, al final de una carta: «Tenga la amabilidad, querido señor, de aceptar la expresión de mis sentimientos más distinguidos». Cuando recibí por primera vez una carta como ésa, firmada por una secretaria de la editorial Gallimard, vivía aún en Praga. Salté hasta el techo de felicidad: ¡en París hay una mujer que está enamorada de mí! ¡Ha logrado colocar al final de una carta oficial una declaración de amor! ¡No sólo experimenta sentimientos por mí, sino que señala expresamente que son distinguidos! ¡Nunca en la vida me había dicho semejante cosa una checa!

Fue muchos años después cuando me explicaron en París que existe todo un abanico semántico de fórmulas para terminar las cartas; gracias a él, los franceses pueden sopesar con la precisión de un farmacéutico las más sutiles gradaciones de sentimientos que —sin sentirlos— quieren transmitir al destinatario; entre ellas, los «sentimientos distinguidos» expresan el grado más bajo de la amabilidad oficial, lindante casi con el desprecio.

¡Oh, Francia! ¡Eres la tierra de la Forma, al igual que Rusia es la tierra del Sentimiento! Por eso el francés, eternamente frustrado por no sentir una llama que le arda en el pecho, mira con envidia y nostalgia hacia la tierra de Dostoievski, donde los hombres ofrecen a los hombres sus labios para el beso, preparados a cortarle el cuello a quien se niegue a besárselos”.

Las IA pueden reconocer valores, imitar y exhibir sentimientos (sin tenerlos) y son especialistas de las formas. Las entrenamos en la imitación del sentimiento y por eso parecen tan humanas. Nos queda la pregunta sobre qué son los sentimientos auténticos y qué inteligencias no son artificiales.

 


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